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  • Patricia Díaz-Inostroza

Clara Oyuela y el Arte de Cantar

Actualizado: 5 de oct de 2020

ACTO V

TODO POR AMOR

Te amo sin saber cómo

Ni cuándo ni de dónde

Te amo directamente

Sin problemas ni orgullo

Sí te amo,

Porque no se amar de otra manera

Neruda

Los misterios del ser aparecen cual fantasma o sombra que escapa de su dueño en momentos cualquiera y que luego pasan a marcar una inflexión de vida. Dejar atrás una carrera, una vida en la cual se proyectaba solo música -pulso dictado por un corazón invadido de sonoridad- para dar un guiño a lo desconocido y dejar manifestarse el enigma de lo humano donde la incertidumbre se disipa por el soplido del amor, y que no tiene explicación para quien no ha vivido ese trance de lo planificado perfecto a lo maravilloso incierto. Ese año del 47, es un torrente de acontecimientos para Clara. Todo ocurre, lo soñado y lo imaginado, y también lo sorpresivo y lo mágico; lo que sucede porque tiene que suceder nada más.

Un mes antes que se estrenara Juana de Arco en la hoguera, el compositor y director chileno Juan Casanova Vicuña, estrena en la temporada oficial del Teatro Colón su ópera Erase un Rey con libreto de Carlos Vatier. Así lo describe el Nª 24 de la Revista Musical Chilena:


(…) La crítica argentina destaca con grandes elogios este estreno. El diario “La Razón” dice sobre la partitura: Casanova Vicuña, que en distintas páginas sinfónicas se acreditó entre nosotros como artista hábil y sensible, ha ilustrado el escenario tan simple –y un poco lento– de su ópera con una música que sabe de sus hallazgos agridulces de escritura y de timbre que ostenta la técnica moderna y ofrece también efusiones líricas de una elegancia y fluidez innegables- Es la música de un hombre de gusto, que ha logrado conciliar lo burlesco y la melancolía, la ironía y la ternura”. Entre los intérpretes de “Erase un rey” figuraron los cantantes Felipe Romito, Clara Oyuela, Carlos Giusti, Emma Brizzio. Norma Palmeri, Tota de Igarzábal y Renato Cesari; dirigió la orquesta el maestro Ferrucio Calusio; la coreografía estuvo a cargo de Margarita Wallman y la dirección de escena de Carlos Piccinato.



Fue la circunstancia perfecta para que el empresario chileno Mario Morel Garretón volviera a Buenos Aires a encontrarse con Clarita, aquella alta mujer de postura desafiante y ojos tímidos y relumbrantes; la distinguida y elegante soprano que había conocido en una de las fiestas en que participaba asiduamente con sus amigos Juan Casanova, María Luisa Bombal, Pablo Neruda y La Hormiga, la encantadora Delia Del Carril. De la misma manera se habían conocido quienes conformaban esa famosa pareja chilena-argentina –y que solo otro amor, furtivo, injusto e intruso habría de separarles después de 20 años de amada convivencia– Sí, esas fiestas tan propias de estos seres sensibles y libres donde el dinero se gastaba de forma compartida como si este nunca habría de faltar porque para ellos era un mero instrumento para vivir y para sobrevivir. Clara disfrutaba de los encuentros con personas inteligentes, tan irónicas como graciosas, de gustos refinados y extravagantes, exigencia personal por la cual optaba por no ser tan sociable. Para ella era una contradicción querer estar y no estar, pues no gustaba de los actos torpes y subidos de tono cuando el vino lo invadía todo. Sin embargo estaba ahí y observaba, o bien se dedicaba a intercambiar comentarios de los recientes actos culturales, recitales, nueva literatura y conciertos con las mujeres presentes que no seguían el ritual de Baco. Pero cuando decidía participar su humor agudo conquistaba a todos y los contertulios disfrutaban de su presencia. Conocía de siempre a Delia, esta disciplinada y romántica comunista, pintora y gestora de tanta acción altruista y estética, pues la familia Del Carril Iraeta formaba parte del círculo social de los Oyuela Supervielle. A su padre, Juan María, en su cargo de Comisario de Órdenes, de la policía de la gran capital, le había tocado la triste tarea de levantar el cuerpo del ex gobernador de Buenos Aires, Víctor Del Carril, cuando éste se quitara la vida con un disparo en la sien, a pocos días que Delia, su amada y desordenada hija cumpliese los 15 años. Además, eran vecinos, los Del Carril también vivían en la calle Santa Fé con Callao. Delia, 23 años mayor, le había cobijado en su estadía en París potenciándola en su amor por el arte y a la valentía de la autodeterminación femenina. Con La Hormiga compartirían ese extraño amor por Chile, que más que el país mismo, les atraía mágicamente el halo del amor, el arcano sentimiento que hacía posible dejarlo todo aunque este ya no existiese. Aunque el cruel destino se los hubiese arrebatado, ambas mujeres se empecinaron en quedarse allí con el dolor sujetándoles las alas hasta el fin de sus largas existencias.


Clara había estado en Chile hacía unos meses actuando para el Teatro Municipal de Santiago, Los amigos del Arte y también para ProArte en Viña del Mar. El círculo de los amantes del canto lírico o bien de las artes musicales venidas de la academia se podían encontrar en algunos lugares comunes de intelectuales, artistas y sujetos de otras lides pero que coinciden en la experiencia de la bohemia. Los torbellinos internos, preguntas existenciales sin respuesta, o sencillamente darse cuenta que se enfrenta la vida de un manera distinta a la mayoría que transita por la vida cotidiana de su propia contemporaneidad, impulsa a buscar a otros de rasgos similares no solo para buscar con quien compartir versiones de puntos de vista distintos sino sencillamente para vivir el carnaval privado. La vida cotidiana experimentada desde el no tiempo -que la ciudad con su modernidad rígida y materialista no permite- es lo que impulsa a los temperamentos románticos, melancólicos, extrovertidos, de mentes inquisitivas y agudas, a escapar de la soledad de sus espíritus interiores y entrar por momentos en ese juego colectivo dionisíaco. Mario Morel Garretón no era artista, pero amaba la música como buen oyente capacitado. Creativo, divertido, dulce y apasionado, sociable y noble, Mario era amigo de la sensible y profunda María Luisa Bombal y de Pablo Neruda, tanto es así que cuando el poeta en su calidad de senador de la República, es desaforado y perseguido intensamente por los organismos represivos del presidente Gabriel González Videla luego de imponer su Ley de Defensa Permanente de la Democracia (“Ley Maldita”) la jefatura de policía vigila, registra y allana diversos domicilios donde creen se esconde el poeta fugitivo, entre ellos los domicilios de Mario Morel Garretón, en el Barrio Lastarria y de Bellavista de la comuna de Recoleta*. Ello ocurre en el período de clandestinidad de Neruda que abarca de febrero de 1948 a febrero de 1949 hasta que ayudado por amigos cruza la cordillera y comienza su exilio hasta 1952. Mario era hijo de Carlos Morel Cotapos y Elena Garretón Bravo, una familia de la alta sociedad la que se evidencia en relatos impresos de principios de siglo, donde aparece Elena asistiendo al Baile de Fantasías en casa de don Agustín Edwards Mac-Clure y Sra. Olga Budge de Edwards, un día 28 de julio de 1905. Un año después de aquella velada, nacería Mario.

* Ver libro de José Miguel Varas Neruda Clandestino. Ed. Alfaguara. Santiago, 2003.


Y de pronto nos miramos a los ojos

Y nos sumimos uno en el otro

Y nos consumimos…

Oscar Hahn



En una fiesta organizada por doña Ernestina, acaudalada argentina amiga del músico Juan Casanova Vicuña, se conocen Clara y Mario. Tenían amigos en común mas si no hubiese sido por aquella ocasión difícilmente habrían tenido la posibilidad de encontrarse, aunque las historias de amor están colmadas de mágicas casualidades. Las vidas se cruzan, pareciera que estas fuesen nodos interconectados donde todos tienen que ver pero tienen mundos propios, y donde hay un par de ellos que están en los extremos y que son opuestos y brillan de pura vibración haciendo vibrar a todos, o al revés, la vibración de todos los intermedios hacen brillar a estos nodos extremos. Mario y Clara no pueden ser más distintos pero algo vibra en ellos que los hace conectarse hasta lo más profundo de su ser. Se miran y entran hacia lo infinito de sus ojos entrando a comprender sus esencias sin explicación alguna. Desde ese primer momento saben que se encontraron, que así debía ser, que se necesitan, sin entender cómo antes habían podido existir si se faltaban el uno al otro, ¿cómo había podido ser eso? Fue una atracción mutua y desde ahí ambos quedaron con la sensación que sus existencias habrían de fundirse o al menos continuar por una senda compartida. Inefablemente esa instancia del no tiempo transcurrido en ese espacio de alegría marcaba un antes y un después en sus vidas. Clara se había dado cuenta nuevamente que era posible amar más allá de la música.

Sí, Clara Inés había amado antes intensamente y había decidido –como hacía siempre que tomaba una decisión exigida por su temerario temperamento- abandonar lo perfecto cotidiano y logrado para ir tras el fulgor mágico del amor penetrante que lo invade todo sin preguntas ni reflexión alguna. Fue en 1939, cuando el elenco de la histórica Comédie Française se instala por varios meses en Buenos Aires para presentar tres espectáculos y realizar 46 funciones. ¡Cuánto le gustaba el teatro a la joven cantante! por eso que la ópera le venía bien, pues ahí podía explayar todo su talento escénico además de cantar. A pesar de poseer una agenda bien ajustada ejecutando diversos roles para distintas óperas, Clara asistía a las extraordinarias funciones francesas posibilitando un acercamiento con sus protagonistas quedando sensiblemente expuesta a dejarse llevar por la pasión entre pares que imaginan y ejercen el amor sin ataduras de ningún tipo, al igual que cualquiera de los personajes que insuflaban en el escenario. Y eso fue lo que ocurrió, la pasión se hizo carne y se expresó sin condición. Clara se siente feliz porque ama intensamente y es correspondida. Cuando llega la hora de partir, pues la tournée de la Comédie Française llega a su fin, la pareja de amantes artistas se había puesto de acuerdo para partir juntos a París. Clara llega al lugar acordado con todo el equipaje que podía cargar, mas su amado francés no estaba ahí, tampoco sus cosas y ningún mensaje para ella, ni una explicación. Como si lo vivido hubiese sido un sueño y ahora la despertaban abruptamente. La soprano entra en una profunda depresión. Se sentía miserable e infeliz por un juramento mentiroso con un desenlace ruin. ¿Cómo había creído en la poesía amorosa amparada en un microcosmos como era la vida teatral transitoria? ¿Como no vislumbrar que se trataba de un decir masculino de existencia nómada? Luego de pasar por oscuros pensamientos contra sí misma, llorar y compadecerse, Clara se levanta cambiando la desdicha por indignación. ¡Cuánta energía desplegada por un fatuo amor! Tiempo que habría debido dedicar a lo imperecedero, el amor por la música. Solo el arte es sublime y eterno.

Casi una década después, el amor vuelve a seducir a la artista. Mas aquella profunda depresión del abandono había dejado una terrible cicatriz que permitía endurecer por momentos el ánima. Pero la experiencia con este chileno que había aparecido de un lugar de risa libre y de poesía sin canto había sido distinta. Si bien era la tercera vez que la vida le presentaba el amor y la pasión en contraste al sentimiento exacerbado y seductor del goce artístico, este parecía real y verdadero. Se sentía feliz y afortunada. Clara se había vuelto a enamorar y este sería un amor para siempre. Además se sentía segura con este empresario tan serio en sus negocios y tan lúdico y sensible fuera de él. Mario sabía vivir, no se tomaba nada tan en serio como Clara con todo lo que abordaba y eso le permitía conectarse de ese cable a tierra permanente. Los viajes a Chile o a la Argentina se sucedieron bajo cualquier pretexto, hasta que ya no era posible estar un día en ausencia del otro. Mario Morel Garretón y Clara Inés Oyuela Supervielle se casan en el Uruguay, en la ciudad de Montevideo, a las 10 y cuarto de la mañana del 6 de febrero de 1948. Clara nunca deja de cantar y Mario, no obstante sus compromisos como empresario de automóviles, la acompaña a todos lados. La soprano se encontraba en gira por Brasil y el Uruguay, por eso es que deciden casarse entremedio de esos periplos musicales.2 Clara no baja su ritmo por el hecho de haber contraído matrimonio. Al igual como le exigirá a todos sus futuros alumnos, nada habría de impedir su misión casi monástica respecto al enfrentamiento del arte musical. Primero estará el estudio, la voz, el rol, la obra, el escenario y todo lo que conlleva la sacrosanta función musical. En mayo vuelve a su rol de Juana de Arco en la reposición de la obra de Arthur Honneger y Paul Claudel puesto que al Colón le interesa volver a ofrecer la producción por el gran éxito que había tenido en su estreno. Las funciones, realizadas los días 8, 18 y 27 de mayo, y luego 3 y 6 de junio, tienen casi igual notoriedad que el año del estreno por la participación excelsa de sus mismos protagonistas, sin embargo, es significativa la diferencia entre la dirección de Kleiber y la de Clemens Krauss, que en esta reposición le dio otro dinamismo que mermó, según la crítica, el resultado final como mímesis esperada por todos de ese histórico estreno argentino. No obstante, el público vitoreó con entusiasmo cada una de las funciones realizadas, y la Oyuela volvió a ganarse la admiración de los más exigentes críticos de Buenos Aires. Pero Clara Inés era de convicciones muy fuertes, tal vez heredadas de su padre. Tomaba decisiones con la misma seguridad que aquellos Oyuela que forjaron la patria trasandina. Siendo una mujer que en tiempos conservadores difícilmente podía ser comprendida, igualmente se deja seducir por el hechizo del amor y privilegia estar en la tierra de Mario y no en la suya desechando ofertas y aceptando la invitación de René Amengual, director del Conservatorio Nacional de Música del Instituto de Extensión de la Universidad de Chile, a crear el curso de ópera para que el arte lírico chileno emerja luego de muchos años de inercia. Pero ese año de 1948 no sería solo de alegrías.

** El divorcio legal definitivo lo había obtenido Clara el 20 de junio de 1947, aunque tenía escritos legales que aseguraban su separación de Humberto Lanz en 1937 y que a la vez estos indicaban con mucha asertividad que estaban distanciados desde 1935. Se ve que la soprano había tenido tal decepción del protagonista de su primer matrimonio que no dejó trámite sin hacer para borrar de su vida al “nefasto italiano” como decía de él cada vez que tenía que referirse a su ex marido, aunque este había nacido en Brasil.


No te ames a ti mismo en el arte

Sino al arte en ti mismo

Stanislaski


En agosto inicia las clases del novísimo curso de ópera del Conservatorio Nacional de Chile con intenso rigor y entusiasmo, sin descuidar sus propios estudios diarios de roles y repertorio personal, pero dedicándose por entera a su nueva faceta de maestra de canto. En momentos en que se encuentra empecinada en sacar adelante la misión encomendada, el famoso director austríaco, Erick Kleiber, con quien había participado en la memorable versión de Juana de Arco en la Hoguera, le llama para hacerse cargo del papel femenino principal de Las Bodas de Fígaro de Mozart: Susana. Su regreso a Buenos Aires a pocos meses de haber anunciado su residencia definitiva en Santiago de Chile causa expectativas en la ciudad porteña, ocasión que el compositor chileno Juan Orrego Salas aprovecha para advertir desde su columna en el periódico especializado Pro Arte, la fortuna de contar con esta artista para el desarrollo de la ópera en Chile. Pero aquel día del estreno, el 21 de octubre de 1948, Clara siente enferma, descompuesta. Era a causa de una seria hemorragia producto de un embarazo tubario. Complicada situación, además, considerando que ya tiene 41 años y que ya había experimentado otras pérdidas. Sin embargo rechaza hospitalizarse y exige a su médico que bloquee de cualquier forma el flujo sanguíneo pues ella debe salir a escena esa noche. El profesional no puede entender tal actitud ya que podría morir desangrada o bien por complicaciones propias de dicha emergencia. Discuten y ella no cede explicando con vehemencia que se trata de un estreno por lo cual no puede ausentarse, más aún si ella es quien protagoniza la obra. Convence al especialista que ella puede administrar el dolor y que acceda a su petición, mas este le advierte que él no será responsable de lo que le ocurra y que desde ese momento dejará de ser su médico. La dirección del Teatro Colón al enterarse de la salud de la soprano intenta convencerla de suspender la función, mas ella no claudica y exige salir a escena porque está convencida que lo hará bien y nada le pasará y que el público ni nadie del elenco debe saber lo que le sucede. Esa noche de estreno, el médico anónimamente se ubica en primera fila para vigilar igualmente a la cantante no pudiendo creer que esa magnífica Susana de la que el público disfruta se encuentra en tal precaria condición de salud. Terminada la función el público aplaude de pie por la excelencia de su actuación la que es comentada al día siguiente con extraordinarias críticas desconociendo el trance que experimentaba la diva en plena representación. Luego de eso, Clara es llevada al hospital de urgencia ya que colapsa una vez caído el telón. La función siguiente es reemplazada por su amiga y compañera del Colón desde sus inicios: Amanda Cetera. Pero la siguiente y última programada por la temporada vuelve a representar a Susana cumpliendo su compromiso y las expectativas de todos. Esa experiencia que solo es entendida por quienes viven las artes escénicas desde la pasión y la vocación- le costó a Clara la maternidad. Aún así, nunca se reprochó a sí misma su decisión, sino al contrario, siguió enfrentando el teatro y la música como un apostolado tal como lo indicaba Stanislavski.

Ya instalada en Santiago con Mario Morel como su marido, su vida se desarrolla tranquilamente entre clases, conciertos de cámara, algunos pequeños roles en algunas de las temporadas del Teatro Municipal de Santiago y el cariño profundo por sus perros. No es posible saber si esta cercanía con sus animalitos domésticos obedecía a una carencia de experimentación de la maternidad, o no. Pero Clara era una activa amante de los perros. Los tuvo siempre. Le acompañaban desde su infancia representando para ella un miembro más de su entorno familiar. Si veía a un can desamparado o lastimado en la calle, lo recogía y llevaba a su casa consiguiéndole luego un albergue o bien sumando otro integrante más a su hogar. Si alguno enfermaba Clara sufría tanto o más que por cualquiera de sus parientes más cercanos, sentimiento que conocían muy bien sus alumnos puesto que era notorio el cambio de ánimo y la tristeza que le embargaba desapareciendo de ella todo atisbo de mal genio o severidad. A la vez, sus compañeros caninos le correspondían en cariño y dulzura. Incluso tuvo una perrita de nombre Juanita que aullaba intentando seguirle en sus vocalizaciones o cuando Clara tocaba el piano. Tal vez esos años fueron los más serenos y felices de la existencia de la cantante. Hasta que en enero de 1955 ocurre la tragedia.


Malas manos tomaron tu vida desde el día en

que, a una señal de astros, dejara su plantel

nevado de azucenas. En gozo florecía. Malas

manos entraron trágicamente en él...

(De Sonetos de la Muerte, Gabriela Mistral)


Era un día como cualquier otro. Solo que esa mañana del 31 de enero de 1955, Mario tenía que ir a la Clínica Santa María para someterse a una intervención menor de tipo ambulatorio. Clara ni siquiera consideró oportuno acompañarle. Tenía cita con la música como todos los días. Además su marido insistió en que no era necesario que dejase de hacer sus actividades pedagógicas y artísticas. Se encontrarían en la noche, como siempre, luego de sus jornadas. Mas cuando el destino tiene fijado el encuentro con las sombras nada pareciera posible de impedirlo. Inexplicablemente algo sale mal. Nadie entiende por qué. Pero Mario Morel, su compañero que la hacía mansa y feliz y que poseía aquella llave para lograr su paz interior le había sido arrebatado por la desconsiderada muerte, sin ningún atisbo de aviso ni de misericordia. Después de muchos intentos por revertir su inesperada gravedad, Mario fallece a las 23 horas con 15 minutos de un verano cruel, y a solo 6 días del séptimo aniversario de su unión.


Estimada señora y amiga:

Acabo de recibir la noticia de la muerte de su marido. Me ha escrito la Sra. De FleischerEngel desde Viena y me ha comunicado su comprensible estado de ánimo _puedo imaginarme que Vd. se siente muy sola y muy desorientada. Mi señora y yo le enviamos nuestro más sentido pésame y espero que Vd. pueda encontrar consuelo en su música…

(…)





Recuerdos sinceros

Su siempre

ERICH KLEIBER



Clara se entronizará en la música. Su amigo y maestro le indica en su amorosa carta que él volverá a dirigir en la próxima temporada del Colón y la invita a hacerse cargo de la Escuela de ópera del famoso coliseo bonaerense, pero ella, con su habitual persistencia íntegra, decide quedarse en la tierra de su amado hasta el último suspiro de su vida.



#ClaraOyuela

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